ALGO MAS QUE UN SUEÑO

Cuando llegó al verde bosque que rodeaba el enorme lago aún creía estar soñando.

Hacía tantos años que ese mágico lugar moraba en sus sueños que a veces era capaz de oler el verde de sus prados y el embriagador aroma de las aguas.

Miles de mitos y leyendas rodeaban el emblemático lago Ness y el país al que pertenecía, Escocia.

Sin saber bien por qué, había dejado todo lo que conocía atrás para trasladarse a vivir a las Highlands, tan solo con la recomendación por parte del rector de la universidad donde hasta hacía poco trabajaba. Pero tras esos sueños, algo le había indicado que su lugar estaba allí, en ese lugar, en esa zona, por lo que aceptó sin pensárselo la propuesta del West Highland Museum, el encargado de recorrer la historia de las Highlands a través de sus testimonios arqueológicos y documentales.

—Buenas tardes, ¿eres tú la nueva bióloga? —Ana se giró algo sobresaltada, pues no había oído llegar a nadie. Frente a ella se encontró a un joven pelirrojo de ojos verdes con una piel pálida repleta de pecas. —Vaya parece que no, que no es más que otra turista perdida.

—No soy… Esto… quiero decir que sí soy —Ana suspiró profundamente y le tendió la mano al joven que la miraba algo extrañado— Hola, soy Ana, la nueva bióloga, tú debes ser Jonas, ¿verdad?, disculpa mi desconcierto pero no oí ruido alguno cuando te acercaste —como siempre que se ponía nerviosa Ana hablaba de un modo rápido, casi sin respirar— y claro, como comprenderás, estando donde estamos… Pues me asusté.

Una sonrisa se dibujó en el pálido rostro del joven y negó.

—Tranquila, Nessi solo sale en noches de luna llena —al ver la cara de estupefacción de Ana, Jonas soltó una carcajada— es broma, lo de Nessi es una leyenda como otras tantas que hay en las Highlands. Oirás miles de ellas, Highlanders malditos, amores inmortales que son capaces de viajar en el tiempo para reunirse, un dragón que fue encadenado por un mago en las profundidades de este lago por qué se negó a someterse a sus caprichos —Jonas se encogió de hombros—. Si quieres mañana te traigo una recopilación de todos ellos que tengo por casa, mi madre nos los leía a mis hermanas y a mí cuando nos íbamos a dormir.

Ana medio sonrió. Debía confesar que por un instante le hubiera gustado que todas esa leyendas fueran verdad. Ella siempre había tenido una gran imaginación ya desde pequeña, que había plasmado en breves cuentos que su madre atesoraba en la casa familiar.

Tras enseñarle la vegetación de la zona y los árboles que tendrían que investigar por la extrañas marcas que estos tenían en la corteza, se dirigieron a las cabañas que donde se hospedarían el equipo de investigación. Allí Jonas le presentó a sus dos compañeros, Sophie de París, botánica y Kaleb de Rusia, un paleontólogo.

El gobierno escocés había buscado a grandes expertos, jóvenes y abiertos de mente, para descubrir por qué esos árboles centenarios habían aparecido en ese estado de la noche a la mañana.

Tras una ligera cena y una caliente ducha, Ana se fue a dormir, le esperaba un ajetreado día al amanecer.

Poco a poco el sueño la fue venciendo y con él llegó el habitual habitante de éstos en la última semana.

Frente a ella tenía a lo que a simple vista podría catalogarse como un dragón. Su piel era de un color gris oscuro que brillaba como el charol al ser bañada por la luz de la luna llena. Su mirada de indescifrable color estaba fija en ella, y podria vislumbrarse una sutil sonrisa en el hocico del reptil.

Como siempre, sin miedo alguno, Ana se acercó hasta el y comprobó, sorprendida que esta vez, su mano podría acariciarlo. Sonrió mientras recorría el hocico del enigmático ejemplar que tenía frente a ella con su mano. Estaba frío y húmedo. El dragón ladeo levemente la cabeza haciendo que la mano de Ana se desviara hacia su carrillo, haciéndolo soltar un suave gruñido de satisfacción.

Ese gesto de confianza había llenado a Ana de una alegría inmensa.

—Gracias por venir a mi llamada Ana. —La grave voz resonó en la mente de la joven, haciendo que sus ojos se abrieran de la sorpresa.

—¿Te puedes comunicar?¿Por qué nunca antes lo habías hecho?

—Por qué necesitaba el contacto, que vencieras tu miedo, que creyeras en mi. —Oyó Ana en su mente, aunque la voz sonara grave era a la vez, dulce.

—¿Cómo voy a tenerte miedo? Esto no es más que un sueño, ¿verdad? —Preguntó Ana.

—Si es así ¿por qué estás aquí?

No le dio tiempo a contestar, pues el sonido de la alarma la despertó. Con una sonrisa salió de la cama, tan solo al percatarse de que los bajos de su pijama estaba manchados de barro su sonrisa se esfumó.

Había sido un sueño, ¿pero desde cuando era sonámbula?, ¿se había acercado sola al lago?

—No soy un sueño, Ana. No dejes de creer, solo tu podrás ayudarnos y descubrir que está pasando—. La voz que había poblado sus sueños estaba ahora en su consciencia.

—No lo haré —Sentenció.

Anuncios

DE VUELTA A LA NIÑEZ

Mi compi y amiga del blog Paraíso de los libros perdidos, me propuso felicitar las fiestas con un mini relato.

Nunca habia escrito nada referente a la Navidad propiamente dicha.

Lo que éstas mágicas  fechas representan en la mayoría  de los  hogares, en cualquier parte del planeta.

Así que aquí os dejo lo que me salió.

FELIZ NAVIDAD y PRÓSPERO AÑO NUEVO 2017


Cada año, en estas fechas llega a mi memoria el recuerdo de los tiempos en que me levantaba casi al despuntar el alba, despertando a mis hermanos mayores, para llegar hasta el árbol donde estaban todos los regalos, envueltos de colores brillantes y vistosos pompones, todos y cada uno de ellos con la etiqueta puesta, colgando, con el nombre del que será su dueño.

Incluso a el olor a chocolate caliente y bizcocho recién hecho, inmunda mis sentidos.

Con una sonrisa por tan bellos recuerdos, coloco el último regalo. Había seguido las pautas que nos inculcó mi madre. Cuatro regalos por cabeza. Uno necesario, uno útil, uno que nos ilustre y lo que realmente desearan.

Volví a meterme en la cama abrazándome a mi marido.

-¿Todo listo? -Preguntó con una sonrisa.

– Si, ahora solo queda esperar a… -ni tiempo me dio contéstale cuando oímos la puerta de la habitación de las gemelas abrirse y aporrear la de su hermano mayor.

– ¡¡¡Vamos Nono, levanta!!!, -el ruido de la puerta abrirse de nuestro hijo mayor me hizo sonreír.

– ¿Qué pasa canijas?, si aún ni es de día… -podía percibir el tono divertido en su voz.

-¿Tu tas tonto? -Preguntó Sofia con esa voz tan peculiar suya de sabelotodo- Papa Noel… Ya debe haber dejado los regalos.

– ¿A dos brujas como vosotras?, ¡¡que va!!, pero fijo que para mí si hay algo -contestó entre risas.

– Me toca -me susurró mi marido mientras se levantaba- ¿A ver se puede saber que este jaleo? – preguntó alzando la voz, fingiendo estar molesto al abrir la puerta de nuestro dormitorio.

– Papá, Papá Noel ya debió llegar -le informó con timidez Ana- ¿podemos ir a mirar?

Podía percibir el nerviosismo de mis pequeñas por el silencio de su padre, como le gustaba el teatro a mi marido, sonreí.

– ¿Pero vosotras creéis que se habrá acordado de vosotros?, no sé… No sé… Bueno, id, pero si no hay regalos no os lo toméis a mal -las niñas con un grito de alegría salieron corriendo ante la mirada divertida de mi hijo y mi marido-. Van a flipar, acompáñalas.

Los gritos llegaron sin demora a mis oídos. Me levanté y tras colocarme la bata nuevamente, fui en busca de mi marido, que observaba desde la puerta la imagen de nuestros hijos, Nono de 14 años y las gemelas de 7.

– Pero bueno… ¿Qué es todo esto?

– Mamá, ¡¡¡Papa Noel ha venido!!!

– Ya veo ya… ¿Os apetece un chocolate?

– ¡¡¡Si !!! -contestaron todos al unísono

Con una sonrisa fui hasta la cocina a preparar el chocolate, troceé el bizcocho de dátiles y nueces que había preparado la noche anterior y llegué con la bandeja hasta el comedor que ya estaba enmoquetado de brillantes trozos de papel de regalo.

Tomé asiento junto a mi marido, con la taza de chocolate en la mano, disfrutando de la felicidad que inundaba la estancia. Mis hijas iban y venían mostrándome cada uno de los regalos que entre su padre, hermano y yo habíamos seleccionado para ellas. El brillo de sus ojos, repletos de alegría nos contagió de la ilusión que acompañaba en estos mágicos días.

Por qué no hay nada mejor, que la feliz inocencia de un niño para que el corazón de un adulto vuelta a la niñez.

Lo que la sangre daña, sólo  la sangre enmienda~ 3ªParte

-Despierta Marta, despierta –David zarandeó a la joven que se retorcía y gritaba en sueños. Intentando traerla de vuelta del lugar del subconsciente en el que se encontraba-. Vamos pequeña, vuelve conmigo. Poco a poco, las llamas que rodeaban su cuerpo, se fueron evaporando y el dolor desapareciendo. Abrió los ojos. Parpadeó repetidas veces intentando ubicarse. Ante ella, la asustada y negra mirada del joven que tenía prácticamente sobre ella la hizo suspirar aliviada.

-¡Joder chica!, ya van cuatro noches esta semana, así no puedes continuar.

-Tranquilo David, tan sólo son pesadillas -^aunque demasiado reales^, pensó Marta-. No te preocupes, sólo siento haberte despertado nuevamente.

-No te preocupes por eso, de hecho, aún no me había acostado, tengo varios informes por terminar.

Marta y David se habían conocido tres años antes, cuando ella entró a trabajar, tras aprobar la oposición, en el mismo colegio donde trabajaba David. Éste, recién había terminado una relación de casi una década y encontró en Marta una amiga y confidente casi al instante, como si se conocieran desde siempre. Lo que les llevó a decidir irse a vivir juntos.

David miró a su amiga con el ceño fruncido.

-¿Por qué no me haces caso y vamos a ver a un especialista?

-Por qué, uno –Marta levanto el índice- no creo en eso que tú llamas especialistas y dos –dijo refiriéndose a las echadoras de cartas a las que su amigo era tan afín antes de levantar el dedo corazón- estoy más que segura que es el estrés. Se acerca el fin de curso. Las correcciones de los exámenes, los informes, la preparación del festival. Mírate son las 4 y aún ni te acostaste –Sonrió-. Estamos en la recta final. Un mes y nos vamos de vacaciones.

-¡Sí! Qué ganas, en un mes cogemos las maletas y que tiemble Inglaterra y sus hombres –soltó un carcajada antes de echarse en la cama junto a Marta, pasándole el brazo bajo el cuello, haciendo que ella apoyara la cabeza sobre su pecho-. Aún nos quedan unas horas para levantarnos, anda duerme.

Marta medio sonrió mientras se relajaba en los brazos de David y bajo el sonido de la hipnótica melodía que éste cantaba en un susurro cayó en los brazos de Morfeo.

Las tres semanas restantes del mes de junio pasaron con las noches tranquilas, sin pesadillas, dando paso al mes de julio y con ello a las anheladas vacaciones.

Marta era una entusiasta de la historia, en especial de la Edad Media y había convencido a David para ir a recorrer durante 15 días los castillos de Inglaterra con la excusa de ver a los guiris en su hábitat, y practicar con ellos el inglés. El año anterior había hecho lo propio con gran parte de los castillos del norte de España, empapándose de su historia y misterios.

-No te olvides del pasaporte, los billetes, las tarjetas con el fondo común para el hostal –gritó Marta, mientras terminaba de cerrar el neceser para colocarlo en la maleta- ¡ah!, y los medicamentos de tu alergia.

-Sí mamá –bromeó David, apoyado en el marco de la puerta de la habitación de Marta-. Tranquila, lo llevo todo aquí –señaló la bandolera que cruzaba su torso- sólo me falta una cosa.

– ¡¿Qué?!

– Tú, chata. El taxi estará aquí en quince minutos y aún estás sin vestir.

Marta soltó un grito y entro en el baño cargada con los vaqueros y la camiseta que había escogido para el viaje ante las carcajadas de su amigo. Veinte minutos más tarde ambos estaban camino del aeropuerto. Estaba hecha un manojo de nervios, en su interior, algo le decía que no iban a ser unas simples vacaciones.

Tras facturar las maletas y ya con la tarjeta de embarque en la mano, los dos amigos se dirigieron al duty Free. David quería comprar un par de bolsas de mini Toblerone, chocolate al que era más que aficionado.

-Ya sabes que cuando me pongo más nervioso de la cuenta, necesito dulce, ¿y qué hay más dulce que el Toblerone? –Argumentó

-Sí, lo sé, venga paga y vamos que ya han llamado a nuestro vuelo.

Los nervios hacían que en ocasiones Marta se comportara de un modo tajante, cosa a la que David se había acostumbrado, ignorándola en esos momentos. Una vez comprado el dulce ansiolítico, se dirigieron hasta la puerta de embarque, llegaron justo cuando las azafatas abrieron las puertas de acceso al avión. Al entrar se acomodaron en los asientos asignados y se abrocharon el cinturón. Marta se llevó, inconscientemente la mano al colgante que llevaba en el cuello mientras oía las indicaciones de seguridad de la azafata. En dos horas y media estarían en Londres.

(……..)

Lo que la sangre daña, sólo la sangre enmienda ~4ª parte

El vuelo les resultó más que entretenido, junto a ellos se sentó una señora que iba a visitar a su hija, había dado a luz a su tercer nieto e iba a conocerlo. La señora les aconsejó, entre otras cosas que hicieran un recorrido a pie por lo que denominaban el lado oscuro de Londres. Los lugares donde ejecutaron, asesinaron a muchos londinenses, visitando, por supuesto, la Torre de Londres, el más embrujado lugar de la ciudad, donde se decía que aún podían oírse los gritos de los que allí fueron torturados y ejecutados.   Llegaron al hostal pasada la media tarde. Al entrar, una paralizante sensación de dejavú recorrió el cuerpo de Marta. El lugar era una antigua casa del S.XVIII, acondicionada. Se personaron en la recepción, donde una joven, ataviada con un riguroso traje gris, les atendió.

 -Buenas tardes, tienen ya su habitación preparada. Aquí están  los horarios de cafetería y los precios –dijo tendiéndoles un tríptico junto a la llave- así como el horario de apertura de la recepción y las normas del hostal. A media noche cerramos las puertas, agradeceríamos respeten los horarios.

 -Vamos, igualito que en España que tienen al pobre conserje, abre puerta cierra puerta toda la noche –susurró David.

 Marta le dio un codazo para silenciarlo antes de tomar lo que la joven les había dado y dirigirse a la habitación. Al pasar por el salón, como si algo la hubiera atraído, miró hacia la chimenea, allí, de pie, un joven la miraba fijamente, cuando su mirada se cruzó son la de él, inconscientemente su mano, nuevamente fue hacia su colgante.

 -Vaya ejemplar ese –las palabras de David la sacaron de su ensimismamiento- vamos, que necesito una ducha, comer y descansar que conociéndote mañana me desfondas.

 Marta medio sonrió. Dejaron la maletas en la habitación y tras tomar unos sándwiches y una larga ducha fueron a dormir.

 -Has tardado en venir –le dijo el desconocido.

 Marta miró a un lado y a otro, no recordaba haberse desplazado hasta el salón, pero allí estaba. Se acercó lentamente hasta donde él se encontraba. 

 -¿Quién eres?

 -¿Crees en el destino? -preguntó él en respuesta.

 -El destino es algo que nosotros nos forjamos, simple y llanamente.

 -Tu destino y el mío están unidos desde hace siglos –contestó con una ligera sonrisa.

 -Sabes que el té se bebe y no se fuma ¿verdad? –medio bromeó Marta en un intento de relajarse, ya que sentía en su interior que esas palabras tenían más sentido del que ella desearía-. ¿Quién eres? –Notó como la respiración se le aceleraba, como un calor abrasivo empezó a extenderse le por el cuerpo cuando él tomó su mano-. ¿Qué me estás haciendo?

 -También notas el calor del fuego ¿verdad? ¿También has soñado con ella, con Anya? –Era más una afirmación que una pregunta-. Ella sigue aquí, contigo, conmigo. –El joven metió la mano libre por la abertura del cuello de su camisa y sacó un colgante de madera con un símbolo celta grabado en el-. Tu vida y la mía están unidas a esta casa, a estos collares. Hace muchos años, Anya, una antepasada tuya fue acusada de brujería –Marta enarcó una ceja-. Cuando, tras varias semanas de tortura, la soltaron, todo lo que ella amaba había desaparecido. Anya maldijo entonces a su hermano, clérigo de la Inquisición y responsable de su acusación. Lo que Anya no sabía era que su hermano, antes de ordenarse, tuvo un hijo –Marta oía sin dar crédito a sus palabras-. Por lo que la maldición alcanzó a mi antepasado, Callum. La mujer de Callum, sabia de las artes mágicas celtas, pues por su venas corría sangre druida. Intentó evitar el mal, pero las maldiciones de sangre son extremadamente fuertes. Con todo el dolor de su alma vio perecer a su esposo y a sus cuatro hijos. Tan sólo Jensen, el más pequeño de la familia, que había heredado el don de Ashlyn y protegido por el colgante que ahora yo poseo, sobrevivió. –El joven la miró fijamente-. También Sarah, la hija de Anya.

 -¿Qué quieres decir?, Estas loco, suéltame o gritaré.

 -Desciendes de Sarah y yo de Jensen, los supervivientes. Anya nuestra antepasada nos maldijo. Mi familia ha intentado romper la maldición en repetidas ocasiones sin lograrlo. Debía darse el caso de que los portadores de los colgantes fueran como en los inicios de la maldición, mujer –la señaló-, hombre –se señaló a sí mismo-. Sólo en otra ocasión sucedió. Mi bisabuelo consiguió localizar a tu bisabuela, pero por desgracia falleció en batalla en la 1ª Guerra Mundial, antes de poder encontrarse con ella. Después os perdimos el rastro. Pero hace dos meses, tuve un sueño, Ashlyn me habló, me dijo que tú vendrías a mí –Sonrió- y así ha sido.

 -Tu estás loco –Marta sin dejar de negar empezó a echarse hacia atrás.

 -Mírame a los ojos y dime que nunca has soñado que tu cuerpo era consumido por las llamas en esta misma chimenea, te dejaré marchar y jama volverás a saber de mí.

 -Cada 21 de noviembre desde que tengo memoria –confesó- y desde hace dos meses casi cada noche –suspiró conmocionada-. ¿Qué debo hacer? Esto me resulta tan surrealista….

 -Te entiendo, en tu familia el tema se ocultó. Al cumplir la mayoría de edad, Sarah se casó y al poco dejo de tener contacto con Ashlyn. Tenía conocimiento de la maldición, pero no llegó a saber cómo romperla –soltó la mano de Marta y se giró hacia la chimenea. Tomó el cuenco que había sobre ésta, el cuenco de Ashlyn, vertió un oscuro líquido en su interior y lo acercó a la llama del hogar-. Nuestras sangres han de unirse –dijo como si nada, justo antes de girarse nuevamente hacia Marta con un extraño puñal.

 -¿Perdona? –preguntó dando un paso hacia atrás-. ¿Qué pretendes hacer con eso?

 -Tranquila, sólo debemos hacernos un corte en el interior de la mano, lo suficientemente profundo para que la sangre brote. 

 -Esto es un sueño, estoy soñando –rió nerviosa-. Esto no puede estar pasando, ¿en serio me estás pidiendo esto?

 -Por favor –la súplica estaba patente, no sólo en su voz, también en su mirada-. Mis días están contados, no sé si será este año o dentro de tres, pero moriré, en nuestra familia, los hombres no llegan a viejos y quiero ver crecer a mi pequeña… Por favor.

 Marta se lo quedó mirando y negó ^¿qué más da, si sólo es un sueño?^, pensó. Tomó el puñal y cortó el interior de la mano como le había indicado, dejando que la sangre goteara dentro del cuenco que él había colocado junto a la chimenea. Marta miró sorprendida como el oscuro líquido se aclaraba al caer las gotas de la sangre del desconocido y mezclarse con la suya. Con el mismo puñal empezó a remover la mezcla al tiempo que recitaba en una lengua desconocida para Marta.

 -Lo que la sangre dañó que la sangre enmiende. Sangre de Anya, sangre de Jonas, unida al fin.

 Tras las palabras se llevó el cuenco a los labios y bebió sin apartar la mirada de Marta. Cuando le pasó el cuenco Marta, ésta bebió esperando el metálico sabor de la sangre, pero al contrario, sus papilas gustativas se deleitaron con un delicioso sabor desconocido que le hizo sentir una sensación de paz al instante.

 -Gracias –dijo el joven antes de desaparecer ante la atónita mirada de Marta.

 -¡Vamos, perezosa, arriba! –la voz de David la sorprendió-. Que tenemos que desayunar y empezar la ruta -Marta parpadeó repetidas veces mirando a su amigo-. ¿Chica estás bien?

 -Sí, solo he tenido un extraño sueño, supongo que sugestionada por le lugar –medio sonrió.

 Al apoyar la mano en la cama para incorporarse, un lacerante dolor le llegó. Al mirarsela, vio el corte semi cicatrizado que se había hecho en el sueño.

 -¿Todo bien pequeña?

 -Sí, todo genial –contestó con media sonrisa- ¡vamos, que nos espera Covent Garden!

 Tras la ducha, bajaron al comedor, donde disfrutaron del típico desayuno inglés, mucho más abundante que los que servían en España, acompañado de un aguado café con leche. 

 Cargados con unas ligeras mochilas y las cámaras fotográficas, salieron del hostal siguiendo las indicaciones de la joven de recepción para llegar hasta Covent Garden, allí debían reunirse con el guía para realizar la ruta a pie por los dos distritos más famosos del corazón de Londres: Covent Garden y Soho.

 Al llegar se unieron al reducido grupo del que formarían parte, a la espera del que les guiaría por el tour. 

 -Buenos días, mi nombre es Callum, y seré su guía en este recorrido.

 Marta se giró de golpe al oír la familiar voz, cuando su mirada se encontró con la de Callum, éste la apartó con una sonrisa de complicidad en sus labios. 

 -Vaya, vaya, el destino parece que está de nuestro lado, es el mismo chico que estaba ayer en el hostal y te ha echado el ojo –susurró David.

 Marta negó, con lo que ella creyó un sueño, había aprendido que el destino es el resultado de los actos que se realizan, independientemente del tiempo que haya transcurrido. 

 -Sí, el destino puede ser muy caprichoso –comentó sin apartar la vista de Callum-. Vamos o nos perderemos las explicaciones.

~Fin~

Este relato fue presentado a concurso en agosto en la escuela de escritores, aunque no llegó a estar entre los seleccionados para finalistas, me  gustó  mucho participar en él por su importancia. 

Lo que la sangre daña, sólo la sangre enmienda ~ 2ª Parte

Ashlyn se incorporó en la cama de golpe, ahogando un grito de dolor. En silencio se deslizó de ésta con cuidado de no despertar a su esposo y fue hasta la habitación donde la pequeña, que había acudido dos meses antes, dormía junto a su pequeña. Volvió a su habitación y se cubrió con una capa ante la atenta mirada de su esposo, no hicieron fama palabras cuando las miradas se cruzaron. Ella salió del dormitorio y se dirigió a la cocina, tomó el pequeño saco que escondía en la cocina y salió al frío de la noche.  Hacía ya casi tres semanas que habían abandonado Londres, sin noticias de Anya. Sus orígenes irlandeses y su culto a los antiguos dioses, podrían ser causa de que las gentes, la acusaran de brujería y herejía como a su amiga.

 Ashlyn había llegado a Londres cuatro años atrás, en busca de las raíces de su esposo. Había coincidido con Anya en la panadería. El dueño se negaba a venderle pan por su origen irlandés. Anya, ante la mirada despectiva de los allí presentes, compró el pan para su familia y salieron juntas de allí. Anya, como mujer del médico, tenía un carácter fuerte, era una mujer luchadora, ayudaba a su marido ejerciendo de comadrona y lo ayudaba en todo lo que precisara, por esa misma razón, tras el fallecimiento de su esposo, Anya se ocupó de sus pacientes, ayudada por Ashlyn, que había aportado los remedios caseros y ancestrales de su cultura.

 Ashlyn se adentró en el bosque, en busca de la zona donde hacia sus retiros, un claro iluminado por la luna y rodeado de tejos. Allí invocaría a Dios de la sabiduría y el conocimiento, señor de los elementos. Por sus venas corría sangre druida, el conocimiento de las hierbas, las pócimas y el poder de predicción habían sido trasmitidos en su familia de generación en generación desde hacía siglos. En su mano estaba el enmendar lo que Anya, en su dolor había alterado.

 Cuando Anya y ella hicieron aquel ancestral pacto. Cuando unieron su sangre bajo la luz de la luna y el beneplácito del Dios Dagda, al que Ashlyn rendía culto, tras esa unión sanguínea, se creó entre ellas un vínculo que solo la muerte sería capaz de romper. Por eso, esa noche, algo en su alma se fracturó.

 Encendió la pequeña fogata y oró. Oró, para que el alma de su amada hermana Anya encontrará el camino a la luz. Oró por la pequeña Sarah. Lentamente extendió, a la luz de las llamas, el pañuelo y dispuso sobre él lo que necesitaría para el ritual. Tomó el cuenco de hierro forjado y se dirigió hasta un pequeño riachuelo que se mantenía líquido, desafiando a las bajas temperaturas y lo llenó de la cristalina agua. Colocó el cuenco en el fuego, añadió las hierbas necesarias para la invocación y con la mirada en el gran tejo que presidía la zona, recitó la oración que le permitiera hallar la paz interior para realizar su cometido.

 -Naciste de la tierra igual que yo. Creciste hacia el cielo como lo estoy haciendo yo, pero posees la sabiduría de la paz, la quietud y el sosiego que para mí aún son desconocidos. Te saludo árbol padre, hermano y amigo mío, con todo mi respeto y amistad. Te deseo sol, el agua, el aire y la tierra para así tener una existencia como te deseo. ¡Oh! Árbol padre, ayúdame y deja que sienta tu sabiduría. Permite que me llegue tu conocimiento. Deja que mi cuerpo se roce con el suyo y que en este abrazo fraternal una beba de tu sabiduría. Amigo árbol, yo Ashlyn me comprometo a cuidarte, respetarte y ayudarte siempre que me sea posible. Esperando de ti, ayuda en mi camino, paciencia en mis errores y comprensión en mis dudas.

Tras la oración, Ashlyn tomó el medallón que Anya le había dado, una reliquia familiar, para que le entregara a su hija en el caso de su muerte. Se desató el colgante tallado en madera que portaba en en el cuello, el triskelon que representaba el equilibrio entre cuerpo, mente y espíritu y los introdujo en la infusión de hierbas, cortó el interior de su mano y vertió unas gotas de su propia sangre a la vez que conjuraba en su antigua lengua materna.

-Que el mal sea ahuyentado, que lo que el dolor ha conjurado, el amor lo sane, que la sangre permanezca viva, siempre, hasta que el destino la vuelva a unir.

 Al despuntar los primeros rayos de sol, Ashlyn regresó a su hogar. Dejó el pequeño saco, donde siempre, guardándose los colgantes en su bolsillo. En la cocina de la pequeña casa pronto empezaron a mezclarse los olores de la leche hervida y el pan recién horneado.

 -¿Ha sucedido como esperabas? –La voz de su adorado esposo le llegó al oído mientras el calor de sus brazos se unían a la de la lumbre.

 -Si Callum, pero hay algo más –suspiró antes de continuar-. En su dolor ha conjurado una maldición de sangre, Callum… Te maldijo y con ello a nuestros pequeños. Debimos decirle…

 Callum tomó la cara de Ashlyn entre las suyas y beso su frente.

-Se que podrás solucionarlo, confió en ti.

 -No tengo tanto poder… Solo puedo salvar a uno de nuestro hijos –se saco el collar del bolsillo y se lo mostró-. ¿Cómo decidir?

 -Dáselo a Jensen, el posee tu don, lo sabes.

 Ashlyn asintió con las lágrimas en los ojos y se refugió en los brazos de su esposo. El hombre que la había aceptado tal como era. Callum, el hijo bastardo de Jonas, el sobrino de Anya.

(…….)

Lo que la sangre daña, sólo la sangre enmienda ~ 1ª parte

 -Escóndete Sarah, por el amor de Dios, que no te oigan resollar siquiera –instó Anya con el miedo reflejado en su voz, a su hija, empujándola hasta la alacena donde guardaba las viandas para el invierno-. Espera a que la luz de la luna se filtre por bajo la puerta para salir, ve en busca de Ashlyn, ella cuidará de ti.

 Anya cerró la puerta tras ocultar a su hija tras los bidones de carne en salazón a su única hija. Lo único que le quedaba tras el pase de la viruela por su hogar. La enfermedad se había llevado a su esposo y a sus dos hijos varones, hacía escasos seis meses y ahora, por dictamen de la Santa Inquisición, venían en su busca. Ni siquiera ser la hermana de unos de los inquisidores había servido para salvarla.

 Los soldados al servicio de la Santa Sede venían por ella. El sonido de las pisadas de los gruesos zapatos resonaban en el empedrado de la calle, llegando a sus oídos como el sonido del martillo de hierro en el yunque.

 Se sentó en la mesa de la cocina junto a la llama del hogar y esperó. Esperó a que entraran sin llamar, casi derribando la puerta. A que la alejaran del latir de su corazón. Venían en nombre de la justicia en la tierra del altísimo por mano del rey y ella había sido acusada de tratos con el mismísimo Lucifer y herejía.

 Fue llevada hasta el convento donde las hermanas la despojaron del vestido, dejándola ataviada tan sólo con la liviana camisola de ropa interior. La condujeron hasta un diminuto habitáculo con un intenso olor a humedad y excrementos, sin más luz que la iluminara que la casi imperceptible llama de la antorcha que iluminaba el corredor de las celdas.

 No supo el tiempo que pasó allí, jurando repetidas veces su inocencia, con el hilo de voz que salía de su garganta, tras los desgarradores gritos que profería cuando su cuerpo era sometido a las brutales torturas, día tras día, con el fin de arrancarle, lo que según ellos, era la verdad.

 En la semi-inconsciencia en la que se encontraba el día que fueron en su busca, debido a la elevada fiebre que sufría por las llagas infectadas de su espalda, debido a la flagelación a la que había sido sometida, notó como la tomaban en volandas y tras ponerle una túnica gris de basta tela la condujeron hasta el juez apostólico extraordinario.

 Anya entrecerró los ojos ahogando un gemido ante la luz de la estancia, tanto tiempo a oscuras, hacía que la anhelada luz del astro rey le dañara la vista. La hicieron postrar de rodillas y con la mirada fija en el suelo oyó la sentencia.

 -Anya Sommerset, ha sido juzgada según los requerimientos a la acusación que pesaba sobre su espalda y en vista de los acontecimientos, esta institución la declara inocente –el inquisidor hizo un gesto a los guardias que salvaguardaban la puerta de doble hoja-. Acompañad a la mujer a la calle.

 Con la mirada perdida y un sólo propósito, Anya recorrió las calles londinenses, desatendiendo las miradas asqueadas o lastimeras de los que a su paso se cruzaba, hasta llegar a la casa de Ashlyn.

 Cuando supo de su acusación, Ashlyn le dijo que ella se haría cargo de su pequeña como si de su propia sangre se tratara. Nadie esperaba que soltaran a Anya, pocos habían conservado la cordura tras las torturas a los que eran sometidos. Pero ella lo había conseguido sólo por volver a ver la limpia y pura mirada azul de su Sarah.

 La puerta estaba entreabierta, Anya llamó sin respuesta alguna, empujó la puerta con la poca fuerza que le quedaba haciéndola ceder. Entró y recorrió el frío pasillo hasta la diminuta estancia que era el salón. El correteo de las ratas era el único sonido que llegaba a sus oídos. Las cenizas se amontonaban donde debió haber lumbre y una película de polvo cubría los escasos muebles. En ese momento la pena la embargó, su corazón murió remplazando sus latidos por una gran vesania.

 Tomó unos pequeños troncos que andaban olvidados en una cesta junto al hogar y los prendió. La luz hizo que el lugar adquiriera un tétrico matiz. Tomó un trozo del espejo roto que colgaba en la pared y cortó el interior de su muñeca, dejando que la oscura sangre gotera en las incipientes llamas y maldijo como nunca lo había hecho.

 -Que el fuego del infierno se ciña sobre ti –bramó- Jonas, yo te maldigo, jamás hallarás la paz en este mundo, los frutos de tu simiente se verán rodeados de dolor y muerte, sólo la redención te hará libre.

 Anya se sentó en el borde de la chimenea, con la muñeca abierta y dejó que las llamas prendieran la túnica. Al poco las llamas cubrieron su cuerpo. Ni un solo sonido salió de su garganta mientras era consumida por el fuego.

(……..)

Obsesion ~Aportación al Magazine Athalia y cía

Hoy era el día, por fin me atrevía a dar el paso. Desde que la vi por primera vez, supe que debía ser mía. Habían pasado ya varias semanas desde ese día, que sin saber bien porqué, desvíe mi habitual ruta de camino a casa y la vi, tan perfecta, tan delicada, tan única… y puntualmente cada día, desde entonces, a la salida del trabajo, paso por la tienda y por unos minutos la miro, recreándome de su imagen, grabanda a fuego en mi mente cada centímetro de ella y de su delicadez. Fue amor a primera vista. Sabía que me costaría hacerme con ella, pero ya me daba igual lo que me supusiera, se había convertido en una obsesión. La deseaba, la necesitaba, debía ser mía costara lo que costara. Hacía mucho que nada me hacía sentir tal anhelo.  Delante del escaparate de la tienda la miro y sonrío. Es preciosa, con el toque justo de sensualidad que a mí me gusta. Y hoy por fin he sacado el valor suficiente para permitirme la felicidad. Por un momento dejo que mi imaginación vuele. Puedo sentir su suave tacto sobre mi piel, acariciando mis brazos, mi torso. Inspiro profundamente y entro. En un apartado lugar de la tienda, desde donde puedo verla espero pacientemente mi turno, ¿qué más daba unos minutos más, cuando por fin la podría tocar? La última clienta de la tienda sale. Sonrío, mi momento había llegado. Con la timidez que me caracteriza me acerco lentamente.

-Buenas tardes -la joven me sonríe- ¿Puedo ayudarla en algo?

-Sí -un simple y llano monosílabo sale de mis labios. ¿Que me pasa?,¿por qué estoy así?, los nervios recorren mi cuerpo. Carraspeo.

-Usted dirá -su cara es un poema, y con razón.

-¿Podría probarme la blusa que tiene en el escaparate?, la de seda de color negro.

La joven sonríe y se acerca al escaparate.

-Tiene usted muy buen gusto. Es una de nuestras exclusividades, tan sólo nos han llegado tres de este modelo, pero por el precio -comenta mientras retira la camisa del maniquí que la luce- no se han vendido, mañana íbamos a devolverlas al distribuidor.

Tomo la blusa que la joven me tiende, sabía que el precio era desorbitado pero me daba igual. Entro en el probador y tras desprenderme de la camiseta que llevaba, lentamente me la coloqué, sintiendo el roce de la suave tela sobre mi piel. Era mucho mejor de lo que había imaginado. Me miré al espejo, sonreí. Por fin era mía.

L.Heks ~
Este relato se encuentra, junto a otros en el magazine Atahlia y cía. Echa un vistazo aquí, no te defraudara.

Otro día mas

Nuevamente se acercaba la fecha, esa en la que la felicidad, escasa el resto del año parecía agolparse de bote pronto en el corazón de todos, esa fecha en la que te reunías con familiares a los que el resto del año veías unas horas al mes si te encontrabas con ganas o en los compromisos ineludibles. Navidad. Y sinceramente como me jorobaban esas fechas, si pudiera me iba desde el primero de diciembre y volvía pasado reyes, pero no… El trabajo me lo impide. Y no me quejo, que conste, puedo sentirme afortunada pues tengo un trabajo fijo decentemente remunerado y sin exceso de horas. Aguantando las tonterías de los que se creen a pies juntillas eso de “el cliente siempre tiene razón”, pues no… No es cierto. Le jorobe a quien le jorobe. Y ahora me veo aquí, sentada en la silla, escuchando los mismos villancicos del año pasado, frente a la caja, con esa sonrisa pegada a mi cara, impuesta, aguantando a la señora de turno que se queja de que vamos a cerrar muchos días y que como lo va a hacer. Miro su carrito repleto de viandas y con mi fingida y perenne sonrisa le suelto:

-Pero mujer… ¿Cuántos son en casa?

-Con los hijos y los nietos 7 -me replica toda apurada.

-Y me dirá usted, ¿que con lo que lleva, más lo que fijo tiene usted en el congelador no pasan dos días sin hacer gasto?

-Es que dos días son dos días….

Me muerdo el interior del labio haciendo esfuerzos por no mandarla a freír espárragos, más que nada por si se le han olvidado comprarlos y suspiro antes de replicar.

-Pues que la inviten a comer como lo van a hacer conmigo. Pase usted buen día.

Sin esperar réplica, pues mi paciencia pendía ya de un hilo, miro el reloj de la caja registradora ^cinco minutos y a casa, cinco minutos^, pienso mientras me dirijo al siguiente cliente.

-Buenas tardes, ¿necesita bolsas?

-¿cómo sinó me voy a llevar esto? -me pregunta con voz de: ¿tu eres tonta o te lo haces?, un hombre con el pelo engominado y móvil en la mano.

-Tal vez las tenga en el coche… Lo siento pero me deje el poder de adivinación en casa esta tarde -le contestó con una sonrisa mientras saco las bolsas- ¿tres serán suficientes?

El tipo ni me contesta, está demasiado ocupado hablando de no sé qué por el móvil, ^hoy han dejado sueltos a todos los cenútrios del lugar  y me han tocado a mí.^

-¿Coche en el parking?

El tipo sin parar de hablar me señala el datafono. Se lo activo y mete la tarjeta, teclea el código pin y tras aceptar la operación le paso el ticket.

-Gracias -^como si le hablase a la pared, ahora solo falta que el chulo tenga parking^, pienso mientras lo veo coger sus bolsas para dirigirse al ascensor ^lo dicho^

Me giro nuevamente hacia la caja registradora, la joven me deja el ticket de parking junto a ésta sin que le tenga que decir nada con una sonrisa.

-Buenas tardes ¿quieres bolsas?

-Dos grandes, por favor

^Joder! , no podrían ser todos como esta chica^, pienso mientras le abro las bolsas, para a continuación empezar a facturarle.

-No me has pasado el parking.

La voz del tipo del teléfono me llega desde atrás, me giro y enarcando una ceja le contesto.

-Se lo pedí justo antes de que me señala el datafono, pero -hago una ligera mueca y me encojo de hombros- se ve que hablando por teléfono usted no se enteró… Ahora tendrá que esperar, lo siento.

-Tengo prisa, llamo y me abres.

No pregunta. Ordena, y por ahí no paso. Mi vaso rebasa.

-No, se espera usted, termino con la joven y luego le arreglo -contesto mientras termino de pasar la compra de la chica, con un grado de lentitud que hasta ahora no tenía y la ayudo a embolsar por categorías- 32,25€.

-¿Te importa si te pago con monedas?

Sonrío cuando oigo resoplar al tipo del teléfono.

-Para nada… Cada uno paga con lo que tiene o quiere.

Ayudo a la joven a contar el importe en las monedas y le doy el ticket para que pueda sacar el coche.

-Lo siento -susurra la joven.

-No sientas nada… Mañana fijo te tocará esperar a ti, así es la vida.- sonrió mientras le arreglo les parking al engominado- aquí tiene caballero, su parking.

El tipo que nuevamente está al teléfono me lo quita de la mano de malas maneras ante la mirada de incomprensión de la joven que niega.

-Gracias y buenas tardes -se despide la chica.

-Adiós -me despido de la joven clienta justo cuando llega mi relevo- que tardecita chica. Me las piro vampiro, nos vemos mañana.

AMOR INMORTAL

Habían pasado varias décadas desde la última vez que visité aquella localidad costera de la bellísima isla de Lanzarote. Allí viví el mejor verano de mi vida. Allí conocí al único hombre que me había hecho vibrar en cuerpo y alma. Recorrí la orilla de la playa de negras arenas dejando que el sol acariciara mi cara mientras las frías aguas del océano bañaban mis pies. El aroma salado inundaba mis sentidos, llevándome a un lugar donde el recuerdo de sus besos calentaban mi alma. Llegada la tarde, cuando el sol empezaba ya perderse por el horizonte, me senté en una de las terrazas, situadas junto al océano, de esas que aún perduran, desafiantes al paso del tiempo, acompañada del último libro que él había escrito. No recordaba la cantidad de veces que lo había leído. Cada palabra suya estaba grabada en mi mente, como si me las hubiera recitado al oído, como antaño lo hacía, mientras nuestros cuerpos se prodigaban ese amor tan puro e inocente de la juventud, bajo el estrellado cielo estival.Observando el vaivén de las olas en las oscuras arenas de la playa, dejé mi mente vagar.

-Hola Yaiza -cerré los ojos al oír tan anhelada voz- llevo tiempo esperándote.
 Noté su mano en la mejilla y me deleité de tan sutil caricia.

– Nunca nos volveremos a separar -confirmé mientras me giraba a encarar su celeste mirada -por y para siempre tuya.

-Por y para siempre tuyo -contestó con una sonrisa antes de llevarse mis manos a sus labios.

Mientras la vida abandonaba su cuerpo y el sonido de la máquina confirmaba el paro del corazón de Yaiza, la dicha se reflejaba en su rostro.

-Ya dejó de sufrir- comentó su hija mirando la cara de felicidad que tenía su fallecida madre- pareciera que hubiera encontrado por fin lo que tanto anhelaba.

Bajo la luz del atardecer de aquel día de verano y acompañados del melodioso rumor de las olas, el destino al fin había reunido dos almas predestinadas. Yaiza y Alberto se habían vuelto a encontrar y jamás volverían a separarse. Porque  el verdadero amor es inmortal.

 ¿Qué haría hoy Don Quijote con los molinos? 

Tras la turbulenta noche que había pasado durmiendo al raso, junto a su fiel compañero de viaje, el caballero se levantó como pudo, haciendo crujir sus gastados huesos, estirando su casi inexistente musculatura. Sancho, su escudero y amigo, estaba preparando parte de las escasas viandas que poseían para poner llenar el estómago antes de emprender camino en busca de lo que sería una nueva aventura.

Con la tripa llena, la armadura colocada, cubriendo su esquelético cuerpo, montó en su caballo. Dejaron atrás la arboleda que les había dado cobijo en la noche, buscando el camino entre, los excesivamente despejados de naturaleza, paisajes en los que se encontraban, y emprendieron camino por la extraña vía que encontraron. Negra como el carbón y adornada con extrañas líneas blancas. El caballero intentaba mantener la posición erguida en su montura, tarea un tanto difícil por la vía en la que se habían visto obligados a transitar.

-Id con tiento mi señor – le advirtió con voz queda Sancho – su caballo no tiene costumbre de ir por estos desconocidos caminos.

-No os preocupéis, fiel Sancho, no hay, ni habrá vía o camino que se interponga en mi sino – contestó Alonso entre dientes, maldiciendo en silencio la endemoniada vía – ya sabéis, Sancho que ante nada me detengo, la verdad y la justicia son mis armas y con ellas siempre…

El abrupto silencio, puso en alerta a Sancho, miró a un lado y a otro en busca de lo que había hecho que Don Alonso Quijano, enmudeciera y cambiara su semblante. El hombrecillo, suspiró resignado al comprender. A unos kilómetros de distancia, afincados entre la árida zona, se alzaban unas construcciones altamente extrañas. ¿Acaso estaba aún sumido en un sueño? Jamás en su larga andadura por las tierras castellanas había visto tan extraña construcción.

-¿Veis lo que yo Sancho?

-Sinceramente señor, no sabría deciros -contestó sin apartar la mirada de tan monstruosa construcción.

Se adentraron en la zona, dejando atrás la oscura y negra vía.

A medida que se iban acercando la grandeza del edificio se iba magnificando, Sancho comprendió lo que eso significaría para su señor.

Al llegar al lugar se vieron obligados a detenerse por la alta alambrada que rodeaba la zona. Sancho se fijó en los retablos que colgaban de las extrañas vallas metálicas, dificultando, para su alivio, el acceso.

-Mirad eso mi señor, qué extrañas pinturas cuelgan de la cerca ¿Qué podrían significar?

Don Alonso miro fijamente la señal de electrocución al contacto, para contestar en voz alta, como si quisiera advertir a todo el que por allí pasase.

-¿Acaso no veis?, advierte claramente que cualquiera que se acerque será devorado sin piedad por los gigantes de largas piernas y cortos brazos que aquí yacen, muy peligrosos han de ser si los han cercado de este modo.

En su cara se dibujó una sutil sonrisa que nada bueno hizo pensar al fiel Sancho.

-Otra vez…. -suspiro- mi señor dejémoslos tranquilos, las gentes del lugar se han ocupado bien de mantenerlos retenidos, por lo tanto no entrañan peligro alguno.

-¿Acaso queréis que se sepa que Don Alonso Quijano, eludió sin más un enfrentamiento? Jamás!Sancho. Un caballero no elude el enfrentamiento si con ello ha de salvar una vida siquiera.

-Pero mi señor, miradlos…. Están serenos, tranquilos -Sancho señaló las aspas de los aerogeneradores, que se movían de forma perezosa- vayamos mi señor, no hay nadie en el lugar. Emprendamos el camino a casa. Tiempo hace ya que salimos de allí.

-No

-Genio y figura hasta la sepultura

Murmuró con resignación Sancho mientras veía a Don Alonso, bajarse de Rocinante, que pastaba, ajeno a las discusiones humanas que caballero y escudero mantenían. Don Alonso, lanza en mano, se dirigió con paso firme hacia la alambrada, dispuesto a abrirse paso. Nada más poner la mano cubierta por el guantelete, en la alambrada fue disparado hacia atrás ante la mirada de pánico de Sancho, que corrió raudo hasta donde se encontraba su señor.

La luz del sol le hizo abrir los ojos.

-Buen día tenga, mi señor, acérquese que el tocino ya clama ser comido.

-Sancho, ¿Dónde estamos?

-A pocas leguas de la posada.

Don Alonso se levanto, aún con los retazos en su mente del extraño sueño y se sentó junto a Sancho a dar buena cuenta del humeante tocino.