Lo que la sangre daña, sólo la sangre enmienda ~ 2ª Parte

Ashlyn se incorporó en la cama de golpe, ahogando un grito de dolor. En silencio se deslizó de ésta con cuidado de no despertar a su esposo y fue hasta la habitación donde la pequeña, que había acudido dos meses antes, dormía junto a su pequeña. Volvió a su habitación y se cubrió con una capa ante la atenta mirada de su esposo, no hicieron fama palabras cuando las miradas se cruzaron. Ella salió del dormitorio y se dirigió a la cocina, tomó el pequeño saco que escondía en la cocina y salió al frío de la noche.  Hacía ya casi tres semanas que habían abandonado Londres, sin noticias de Anya. Sus orígenes irlandeses y su culto a los antiguos dioses, podrían ser causa de que las gentes, la acusaran de brujería y herejía como a su amiga.

 Ashlyn había llegado a Londres cuatro años atrás, en busca de las raíces de su esposo. Había coincidido con Anya en la panadería. El dueño se negaba a venderle pan por su origen irlandés. Anya, ante la mirada despectiva de los allí presentes, compró el pan para su familia y salieron juntas de allí. Anya, como mujer del médico, tenía un carácter fuerte, era una mujer luchadora, ayudaba a su marido ejerciendo de comadrona y lo ayudaba en todo lo que precisara, por esa misma razón, tras el fallecimiento de su esposo, Anya se ocupó de sus pacientes, ayudada por Ashlyn, que había aportado los remedios caseros y ancestrales de su cultura.

 Ashlyn se adentró en el bosque, en busca de la zona donde hacia sus retiros, un claro iluminado por la luna y rodeado de tejos. Allí invocaría a Dios de la sabiduría y el conocimiento, señor de los elementos. Por sus venas corría sangre druida, el conocimiento de las hierbas, las pócimas y el poder de predicción habían sido trasmitidos en su familia de generación en generación desde hacía siglos. En su mano estaba el enmendar lo que Anya, en su dolor había alterado.

 Cuando Anya y ella hicieron aquel ancestral pacto. Cuando unieron su sangre bajo la luz de la luna y el beneplácito del Dios Dagda, al que Ashlyn rendía culto, tras esa unión sanguínea, se creó entre ellas un vínculo que solo la muerte sería capaz de romper. Por eso, esa noche, algo en su alma se fracturó.

 Encendió la pequeña fogata y oró. Oró, para que el alma de su amada hermana Anya encontrará el camino a la luz. Oró por la pequeña Sarah. Lentamente extendió, a la luz de las llamas, el pañuelo y dispuso sobre él lo que necesitaría para el ritual. Tomó el cuenco de hierro forjado y se dirigió hasta un pequeño riachuelo que se mantenía líquido, desafiando a las bajas temperaturas y lo llenó de la cristalina agua. Colocó el cuenco en el fuego, añadió las hierbas necesarias para la invocación y con la mirada en el gran tejo que presidía la zona, recitó la oración que le permitiera hallar la paz interior para realizar su cometido.

 -Naciste de la tierra igual que yo. Creciste hacia el cielo como lo estoy haciendo yo, pero posees la sabiduría de la paz, la quietud y el sosiego que para mí aún son desconocidos. Te saludo árbol padre, hermano y amigo mío, con todo mi respeto y amistad. Te deseo sol, el agua, el aire y la tierra para así tener una existencia como te deseo. ¡Oh! Árbol padre, ayúdame y deja que sienta tu sabiduría. Permite que me llegue tu conocimiento. Deja que mi cuerpo se roce con el suyo y que en este abrazo fraternal una beba de tu sabiduría. Amigo árbol, yo Ashlyn me comprometo a cuidarte, respetarte y ayudarte siempre que me sea posible. Esperando de ti, ayuda en mi camino, paciencia en mis errores y comprensión en mis dudas.

Tras la oración, Ashlyn tomó el medallón que Anya le había dado, una reliquia familiar, para que le entregara a su hija en el caso de su muerte. Se desató el colgante tallado en madera que portaba en en el cuello, el triskelon que representaba el equilibrio entre cuerpo, mente y espíritu y los introdujo en la infusión de hierbas, cortó el interior de su mano y vertió unas gotas de su propia sangre a la vez que conjuraba en su antigua lengua materna.

-Que el mal sea ahuyentado, que lo que el dolor ha conjurado, el amor lo sane, que la sangre permanezca viva, siempre, hasta que el destino la vuelva a unir.

 Al despuntar los primeros rayos de sol, Ashlyn regresó a su hogar. Dejó el pequeño saco, donde siempre, guardándose los colgantes en su bolsillo. En la cocina de la pequeña casa pronto empezaron a mezclarse los olores de la leche hervida y el pan recién horneado.

 -¿Ha sucedido como esperabas? –La voz de su adorado esposo le llegó al oído mientras el calor de sus brazos se unían a la de la lumbre.

 -Si Callum, pero hay algo más –suspiró antes de continuar-. En su dolor ha conjurado una maldición de sangre, Callum… Te maldijo y con ello a nuestros pequeños. Debimos decirle…

 Callum tomó la cara de Ashlyn entre las suyas y beso su frente.

-Se que podrás solucionarlo, confió en ti.

 -No tengo tanto poder… Solo puedo salvar a uno de nuestro hijos –se saco el collar del bolsillo y se lo mostró-. ¿Cómo decidir?

 -Dáselo a Jensen, el posee tu don, lo sabes.

 Ashlyn asintió con las lágrimas en los ojos y se refugió en los brazos de su esposo. El hombre que la había aceptado tal como era. Callum, el hijo bastardo de Jonas, el sobrino de Anya.

(…….)

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Lo que la sangre daña, sólo la sangre enmienda ~ 1ª parte

 -Escóndete Sarah, por el amor de Dios, que no te oigan resollar siquiera –instó Anya con el miedo reflejado en su voz, a su hija, empujándola hasta la alacena donde guardaba las viandas para el invierno-. Espera a que la luz de la luna se filtre por bajo la puerta para salir, ve en busca de Ashlyn, ella cuidará de ti.

 Anya cerró la puerta tras ocultar a su hija tras los bidones de carne en salazón a su única hija. Lo único que le quedaba tras el pase de la viruela por su hogar. La enfermedad se había llevado a su esposo y a sus dos hijos varones, hacía escasos seis meses y ahora, por dictamen de la Santa Inquisición, venían en su busca. Ni siquiera ser la hermana de unos de los inquisidores había servido para salvarla.

 Los soldados al servicio de la Santa Sede venían por ella. El sonido de las pisadas de los gruesos zapatos resonaban en el empedrado de la calle, llegando a sus oídos como el sonido del martillo de hierro en el yunque.

 Se sentó en la mesa de la cocina junto a la llama del hogar y esperó. Esperó a que entraran sin llamar, casi derribando la puerta. A que la alejaran del latir de su corazón. Venían en nombre de la justicia en la tierra del altísimo por mano del rey y ella había sido acusada de tratos con el mismísimo Lucifer y herejía.

 Fue llevada hasta el convento donde las hermanas la despojaron del vestido, dejándola ataviada tan sólo con la liviana camisola de ropa interior. La condujeron hasta un diminuto habitáculo con un intenso olor a humedad y excrementos, sin más luz que la iluminara que la casi imperceptible llama de la antorcha que iluminaba el corredor de las celdas.

 No supo el tiempo que pasó allí, jurando repetidas veces su inocencia, con el hilo de voz que salía de su garganta, tras los desgarradores gritos que profería cuando su cuerpo era sometido a las brutales torturas, día tras día, con el fin de arrancarle, lo que según ellos, era la verdad.

 En la semi-inconsciencia en la que se encontraba el día que fueron en su busca, debido a la elevada fiebre que sufría por las llagas infectadas de su espalda, debido a la flagelación a la que había sido sometida, notó como la tomaban en volandas y tras ponerle una túnica gris de basta tela la condujeron hasta el juez apostólico extraordinario.

 Anya entrecerró los ojos ahogando un gemido ante la luz de la estancia, tanto tiempo a oscuras, hacía que la anhelada luz del astro rey le dañara la vista. La hicieron postrar de rodillas y con la mirada fija en el suelo oyó la sentencia.

 -Anya Sommerset, ha sido juzgada según los requerimientos a la acusación que pesaba sobre su espalda y en vista de los acontecimientos, esta institución la declara inocente –el inquisidor hizo un gesto a los guardias que salvaguardaban la puerta de doble hoja-. Acompañad a la mujer a la calle.

 Con la mirada perdida y un sólo propósito, Anya recorrió las calles londinenses, desatendiendo las miradas asqueadas o lastimeras de los que a su paso se cruzaba, hasta llegar a la casa de Ashlyn.

 Cuando supo de su acusación, Ashlyn le dijo que ella se haría cargo de su pequeña como si de su propia sangre se tratara. Nadie esperaba que soltaran a Anya, pocos habían conservado la cordura tras las torturas a los que eran sometidos. Pero ella lo había conseguido sólo por volver a ver la limpia y pura mirada azul de su Sarah.

 La puerta estaba entreabierta, Anya llamó sin respuesta alguna, empujó la puerta con la poca fuerza que le quedaba haciéndola ceder. Entró y recorrió el frío pasillo hasta la diminuta estancia que era el salón. El correteo de las ratas era el único sonido que llegaba a sus oídos. Las cenizas se amontonaban donde debió haber lumbre y una película de polvo cubría los escasos muebles. En ese momento la pena la embargó, su corazón murió remplazando sus latidos por una gran vesania.

 Tomó unos pequeños troncos que andaban olvidados en una cesta junto al hogar y los prendió. La luz hizo que el lugar adquiriera un tétrico matiz. Tomó un trozo del espejo roto que colgaba en la pared y cortó el interior de su muñeca, dejando que la oscura sangre gotera en las incipientes llamas y maldijo como nunca lo había hecho.

 -Que el fuego del infierno se ciña sobre ti –bramó- Jonas, yo te maldigo, jamás hallarás la paz en este mundo, los frutos de tu simiente se verán rodeados de dolor y muerte, sólo la redención te hará libre.

 Anya se sentó en el borde de la chimenea, con la muñeca abierta y dejó que las llamas prendieran la túnica. Al poco las llamas cubrieron su cuerpo. Ni un solo sonido salió de su garganta mientras era consumida por el fuego.

(……..)