AMOR INMORTAL

Habían pasado varias décadas desde la última vez que visité aquella localidad costera de la bellísima isla de Lanzarote. Allí viví el mejor verano de mi vida. Allí conocí al único hombre que me había hecho vibrar en cuerpo y alma. Recorrí la orilla de la playa de negras arenas dejando que el sol acariciara mi cara mientras las frías aguas del océano bañaban mis pies. El aroma salado inundaba mis sentidos, llevándome a un lugar donde el recuerdo de sus besos calentaban mi alma. Llegada la tarde, cuando el sol empezaba ya perderse por el horizonte, me senté en una de las terrazas, situadas junto al océano, de esas que aún perduran, desafiantes al paso del tiempo, acompañada del último libro que él había escrito. No recordaba la cantidad de veces que lo había leído. Cada palabra suya estaba grabada en mi mente, como si me las hubiera recitado al oído, como antaño lo hacía, mientras nuestros cuerpos se prodigaban ese amor tan puro e inocente de la juventud, bajo el estrellado cielo estival.Observando el vaivén de las olas en las oscuras arenas de la playa, dejé mi mente vagar.

-Hola Yaiza -cerré los ojos al oír tan anhelada voz- llevo tiempo esperándote.
 Noté su mano en la mejilla y me deleité de tan sutil caricia.

– Nunca nos volveremos a separar -confirmé mientras me giraba a encarar su celeste mirada -por y para siempre tuya.

-Por y para siempre tuyo -contestó con una sonrisa antes de llevarse mis manos a sus labios.

Mientras la vida abandonaba su cuerpo y el sonido de la máquina confirmaba el paro del corazón de Yaiza, la dicha se reflejaba en su rostro.

-Ya dejó de sufrir- comentó su hija mirando la cara de felicidad que tenía su fallecida madre- pareciera que hubiera encontrado por fin lo que tanto anhelaba.

Bajo la luz del atardecer de aquel día de verano y acompañados del melodioso rumor de las olas, el destino al fin había reunido dos almas predestinadas. Yaiza y Alberto se habían vuelto a encontrar y jamás volverían a separarse. Porque  el verdadero amor es inmortal.

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